Trastorno del sueño en ancianos, ¿qué tener en cuenta?

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Trastorno del sueño en ancianos, ¿qué tener en cuenta?
Trastorno del sueño en ancianos, ¿qué tener en cuenta?
Lo ideal sería dormir entre 7 u 8 horas desde que llegamos a la adolescencia hasta que alcanzamos la vejez. Pero claro, no siempre así. El insomnio o un mal descanso pueden estar ligados a ciertas dolencias o patologías que, además, producen para más inri una peor calidad de vida. En la vejez los trastornos del sueño pueden estar vinculados a diferentes causas que, como cuidadores y/o profesionales, debemos tener en cuenta para saber empatizar mejor con las personas que los sufren.
 
Cuando hablamos de trastornos en el sueño no solo nos referimos a problemas para conciliarlo sino también la facilidad que tienen muchos ancianos en quedarse dormidos, en tener todo el tiempo demasiado sueño o comportamientos anormales durante la vigilia. Como es lógico, una buena alimentación, una exposición adecuada a la luz natural, ejercicio regular y la palabra final del doctor pueden ayudan a solucionar en buena medida este problema.
 
¿Por qué duermen mal nuestros mayores?
 
Debemos tener en cuenta que en los adultos mayores el sueño es menos profundo y más entrecortado que el sueño en las personas más jóvenes. Por ejemplo, una persona de unos 75 años puede irse a dormir antes que un adulto de mediana edad pero despertarse también más veces durante la noche sin que por ello signifique que tenga algún problema físico.
 
En ocasiones, sí que hay enfermedades que pueden inducir a trastornos del sueño tanto por defecto como por exceso. Entre las más comunes: el alzheimer, insuficiencia cardiaca, apnea del sueño, artritis, afecciones cerebrales o neurológicas, depresión, obesidad… y otras veces cambios en el reloj interno del cuerpo, tomar ciertos medicamentos o suplementos, estimulantes o miccionar con frecuencia durante la noche pueden llevar a los más mayores a un mal descanso.
 
Los trastornos del sueño en ancianos también se manifiestan despertando en la madrugada y no volviéndose a dormir o dormir por el día al no notar diferencia entre el día y la noche. Dormir en un lugar tranquilo en el que no haga demasiado calor o frío y tener una rutina relajante alrededor de la hora de ir a la cama pueden ayudar a aliviar los síntomas. Así como evitar comidas pesadas poco antes de acostarse, evitar la inactividad, no tomar siestas o usar la cama únicamente para dormir o para la actividad sexual.